jueves, 11 de diciembre de 2008

Fichando en la calle de Dolores

Se trataba de una cantinucha que bien podría haberse llamado "El  barril  desvencijado" sucia obscura, en donde las cervezas costarían menos de  doce pesos, y la "botana" eran tripas y arroz. Parecía baño: de una pretendida y antigua elegancia, habían cubierto las paredes con esas losetas imitación mármol. Las mesas de metal; las sillas de plástico. Los clientes, todos de segunda o tercera edad, mataban el tiempo frente a los pocos tragos que podían permitirse. La sinfonola rara vez tocaba; y eso porque el encargado la ponía de vez en cuando, y no por que los clientes le echaran monedas.

Ahí estaban las muchachas de la calle de Dolores: señoras de 50 años -la más joven-  y en plena senectud las demás, quienes a cambio de una copa prestaban su compañía a base de silencios y susurros. Sólo eso: compañía cercana. No bailes, no fajes, no sexo. Frases cortas, y más silencios. Me tocó ver romper en lágrimas a un curtido viejito que descansaba entre bultos de gran tamaño a un lado de su diablo. Su compañera no dijo nada. Callada y seria, -casi formal diría yo-, sólo lo rodeó con su brazo.

1 comentario:

barigog dijo...

Excelente.

Escribes muy bien