domingo, 12 de julio de 2009

Yo sí le creo al Vasco Aguirre

En un hecho bochornoso para al futbol nacional –¿uno más?- la última última esperanza para que nuestra sufrida selección calificara para el mundial, es decir su enésimo director técnico, el Vasco Javier Aguirre, no solo entregó un hórrido empate con el “poderosísimo” equipo de Panamá, sino que dentro de su desesperación le aplicó un increíble patín al morenazo Philips cuando éste discutía un balón por la banda cercana a la banca del técnico. Hagan ustedes de cuenta que era un enfrentamiento entre el borrego Torrado y un último hombre a las puertas del área. La patada no solo detuvo al jugador, sino que lo dobló en dos y le sacó el aire. Como dicen los clásicos, el pie fue a la bola, pero la del tobillo, antes de aplastar el abdomen e interesar tejido blando y vísceras. Todo el equipo panameño se avalanzó sobres del sorprendido técnico, quien fue defendido por sus asistentes. El Árbitro no dudó en sacar la tarjeta roja y al Vasco ya mero le sacan el mole.

Afortunadamente el partido terminó poco después, pero las imágenes, tomadas por cámara Phantom y reproducidas en 3D con las avanzadas tecnologías del duopolio televisivo solo podían concluir en una cosa: la artera entrada no solo era de roja, sino de cárcel.

Durante días se discutió el asunto. Altos jerarcas de la FIFA se reunieron para determinar una sanción ejemplar, que a la postre resultó en tres partidos de suspensión, y 25,000 dólares de multa. A muchos les pareció un castigo blando, y a algunos justo; pero el Vasco siempre insistió en su inocencia.

Javier Aguirre contó que desesperado por el complicado resultado del partido vio que la pelota saldría por la banda y apurado por ganarle segundos al cronómetro quiso atajarla con el pié (¡Chin!), con la mala fortuna de no haber visto al negro de dos metros que estaba justo atrás (¡Zaz!).

Yo sí le creo al Vasco Aguirre.

De alguna forma yo siempre he sido defensor de las causas desesperadas, y esto me viene de familia. Cuando mi finado padre terminó sus estudios de derecho tuvo que realizar algún tipo de prácticas en los ministerios públicos. Él me contó que uno de sus primeros casos fue la defensa de un fascineroso, casi indigente, acusado de robo. El acta ministerial no podía ser más contundente: el caco había sido sorprendido al salir de una vivienda cargado con tremendo costalón conteniendo bienes robados de la misma.

Después de hablar con su defendido, mi papá conoció la otra versión: el sujeto le refirió que después de haberse tomado unos alipuses en cantina cercana, se dirigía a su casa cuando el cansancio de la jornada y obnubilación etílica lo obligaron a tomar un breve descanso y se aproximó a la banqueta para fumar un cigarrillo. Al recargarse para buscar apoyo, no se dio cuenta que no se había puesto en una barda, sino justo en una puerta la cual, para su infortunio, se encontraba sólo emparejada. Su peso y el alcohol ocasionaron que la puerta se abriera de golpe, precipitando su caída (¡Chin!).

Al interior del cuarto todo estaba obscuro, y nuestro defendido todavía confuso por la sorpresa no dio pie con bola (Apúntele Vasco). El dice que asustado y desesperado por salir de allí, intentó agarrarse de lo que fuera con tan mala fortuna que jaló primero unas cobijas de la cercana cama, y luego diferentes artículos que de roperos y estantes comenzaron a caer. El estruendo causado solo aumentó su susto y confusión y exacerbó sus intentos desesperados para salir de ahí, manoteando por doquier, y tirando en consecuencia más y más cosas y enredándose más en las cobijas.

Como pudo alcanzó a distinguir la luz de la entrada, y enredado en un sinfín de sarapes y cacharros alcanzó la puerta, solo para encontrarse con los gendarmes que ya lo esperaban (¡Zaz!). Al ser prendido, el shock causado por tan sorpresiva experiencia le dificultó el habla, por lo que aquellas frases de “Suéltenme, hijos de la ch…” no fueron correctamente escuchadas, ya que lo que él quiso decir fue “Gracias por salvarme, hijos míos”.

Mi papá no me refirió el resultado del juicio pero ¿saben? Yo le creo al señor este, tanto como le creo al Vasco Aguirre. ¿Saben por qué? Porque a mí me pasó lo mismo.

Cursaba yo el difícil año de preprimaria en el bucólico colegio donde estudié casi 10 años, en un bonito salón al mando de mi respetada Miss Janet. Mesas y sillitas de madera pintadas con esmalte azul (Antes que se determinara que expelía partículas de plomo) y un organito que funcionaba con fuelles de pedales, para las rondas infantiles, enmarcaban el recinto. Al fondo del salón había una larga banca pegada a la pared. A mí me gustaba sentarme allí porque la banca era alta y podía balancear los pies hacia adelante y atrás, como si estuviera en un columpio. En eso estaba un buen día, columpiando con fuerza mis pies, cuando uno de los zapatos heredados de mis hermanos mayores y todavía muy grandes para mí salió disparado (¡Chin!) en perfecta trayectoria parabólica para pegar justo en la cara de la maestra (¡Zaz!). Nadie, excepto yo, supo cómo salió el zapato disparado. Mi admirada Miss Janet salió corriendo echa un mar de lágrimas, y yo quedé aturdido del shock.

La versión oficial –evidentemente- fue que un niño de preprimaria le aventó un zapatazo en la cara a su propia maestra. Creo que en su momento causó más revuelo que el zapatazo a Bush que le dio aquel reportero iraquí.

¿Se imaginan ustedes?, ¿Qué hubiera pasado si este reportero hubiera argüido que estaba columpiando plácidamente sus pies en la banca del fondo de la sala de prensa aburrido por las babosadas del presidente americano, y que como eran zapatos heredados de su hermano mayor, muerto en la guerra le quedaban grandes y que.. ¡chín! Salió despedido y ¡Zaz! Para su mala fortuna fue a aterrizar en la cara del mandatario?

Obvio... nadie le creyó. Fue refundido en la prisión de Abú Grahib y sentenciado a tres años por zapatazo doloso.

Bueno, pues 40 años antes, a mí tampoco nadie me creyó. Creo haber sido el primer caso documentado en el país de un alumno de preprimaria llevado a la oficina del director general de la escuela acusado de agredir violenta y dolosamente a su propia maestra. (Dicen que el corrido de Pancho López, chiquito pero matón, fue inspirando en esta gesta) Mi santa madre debió estar hecha otro mar de lágrimas; y a pesar que referí mi versión –la verdadera versión- primero con tranquilidad, luego con inquietud y luego con desesperación, nadie me creyó. Me cambiaron de escuela; me llevaron a consultas y diagnósticos de educación especial; y me hicieron tantos estudios malintencionados que nadie detectó mi evidente dislexia y ahora tengo una letra horrible.

Miss Janet... si está leyendo esto ahora, por favor créame; fue un accidente. Yo la respetaba mucho y hasta estaba secretamente enamorado de usted, ¿Cómo podría querer haberle hecho daño?

Nadie me creyó. Por eso yo le creo ahora al caco del costal, y le creo también al Vasco Aguirre.

(Dedicado a Carlos Alexnder AKA El Santo)