viernes 6 de noviembre de 2009
Vigilancia del pasado: La redención de Cristóbal Colón
martes 8 de septiembre de 2009
¡¡Y que no me aplico!!
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Quedó chistosito, nada del otro mundo;. pero todo el mérito se lo llevan desde luego Fatso el Gato tecladista, y el ahora famoso reportero David Cuéllar. Lo interesante del asunto, es que mientras editaba yo esta versión, no menos de 2 o 3 personas más estaban haciendo lo mismo!.. desconozco cuántos a raíz de la sugerencia de @Plaqueta, o cuántos de motu proprio. Es interesante ser parte de estos fenómenos, y agradezco a la @plaqueta su link.
lunes 17 de agosto de 2009
Space Operas

Este sub género de la CF podría traducirse algo así como “Opereta espacial” o "Telenovelas del espacio"... y consiste en apariencia en relatos generalmente seriados con una mezcla de todo lo divertido: Aventuras, Amor, Guerras, Intrigas, más amor, y más aventuras. Podría considerarse un género "ligero" y de hecho lo fue durante casi todo el siglo pasado, hasta que apareció Lois McMaster Bujold.

- 1.3 Fragmentos de honor
- 1.4 Barrayar
- 1.5 El aprendiz de guerrero
- 1.6 Las montañas de la aflicción
- 1.7 El juego de los Vor
- 1.8 Cetaganda
- 1.9 Ethan de Athos
- 1.10 Laberinto
- 1.11 Las fronteras del infinito (novela corta)
- 1.12 Hermanos de armas
- 1.13 Fronteras del infinito (libro)
- 1.14 Danza de espejos
- 1.15 Recuerdos
- 1.16 Komarr
- 1.17 Una campaña civil
domingo 12 de julio de 2009
Yo sí le creo al Vasco Aguirre

En un hecho bochornoso para al futbol nacional –¿uno más?- la última última esperanza para que nuestra sufrida selección calificara para el mundial, es decir su enésimo director técnico, el Vasco Javier Aguirre, no solo entregó un hórrido empate con el “poderosísimo” equipo de Panamá, sino que dentro de su desesperación le aplicó un increíble patín al morenazo Philips cuando éste discutía un balón por la banda cercana a la banca del técnico. Hagan ustedes de cuenta que era un enfrentamiento entre el borrego Torrado y un último hombre a las puertas del área. La patada no solo detuvo al jugador, sino que lo dobló en dos y le sacó el aire. Como dicen los clásicos, el pie fue a la bola, pero la del tobillo, antes de aplastar el abdomen e interesar tejido blando y vísceras. Todo el equipo panameño se avalanzó sobres del sorprendido técnico, quien fue defendido por sus asistentes. El Árbitro no dudó en sacar la tarjeta roja y al Vasco ya mero le sacan el mole.
Afortunadamente el partido terminó poco después, pero las imágenes, tomadas por cámara Phantom y reproducidas en 3D con las avanzadas tecnologías del duopolio televisivo solo podían concluir en una cosa: la artera entrada no solo era de roja, sino de cárcel.
Durante días se discutió el asunto. Altos jerarcas de la FIFA se reunieron para determinar una sanción ejemplar, que a la postre resultó en tres partidos de suspensión, y 25,000 dólares de multa. A muchos les pareció un castigo blando, y a algunos justo; pero el Vasco siempre insistió en su inocencia.
Javier Aguirre contó que desesperado por el complicado resultado del partido vio que la pelota saldría por la banda y apurado por ganarle segundos al cronómetro quiso atajarla con el pié (¡Chin!), con la mala fortuna de no haber visto al negro de dos metros que estaba justo atrás (¡Zaz!).
Yo sí le creo al Vasco Aguirre.
De alguna forma yo siempre he sido defensor de las causas desesperadas, y esto me viene de familia. Cuando mi finado padre terminó sus estudios de derecho tuvo que realizar algún tipo de prácticas en los ministerios públicos. Él me contó que uno de sus primeros casos fue la defensa de un fascineroso, casi indigente, acusado de robo. El acta ministerial no podía ser más contundente: el caco había sido sorprendido al salir de una vivienda cargado con tremendo costalón conteniendo bienes robados de la misma.

Después de hablar con su defendido, mi papá conoció la otra versión: el sujeto le refirió que después de haberse tomado unos alipuses en cantina cercana, se dirigía a su casa cuando el cansancio de la jornada y obnubilación etílica lo obligaron a tomar un breve descanso y se aproximó a la banqueta para fumar un cigarrillo. Al recargarse para buscar apoyo, no se dio cuenta que no se había puesto en una barda, sino justo en una puerta la cual, para su infortunio, se encontraba sólo emparejada. Su peso y el alcohol ocasionaron que la puerta se abriera de golpe, precipitando su caída (¡Chin!).
Al interior del cuarto todo estaba obscuro, y nuestro defendido todavía confuso por la sorpresa no dio pie con bola (Apúntele Vasco). El dice que asustado y desesperado por salir de allí, intentó agarrarse de lo que fuera con tan mala fortuna que jaló primero unas cobijas de la cercana cama, y luego diferentes artículos que de roperos y estantes comenzaron a caer. El estruendo causado solo aumentó su susto y confusión y exacerbó sus intentos desesperados para salir de ahí, manoteando por doquier, y tirando en consecuencia más y más cosas y enredándose más en las cobijas.
Como pudo alcanzó a distinguir la luz de la entrada, y enredado en un sinfín de sarapes y cacharros alcanzó la puerta, solo para encontrarse con los gendarmes que ya lo esperaban (¡Zaz!). Al ser prendido, el shock causado por tan sorpresiva experiencia le dificultó el habla, por lo que aquellas frases de “Suéltenme, hijos de la ch…” no fueron correctamente escuchadas, ya que lo que él quiso decir fue “Gracias por salvarme, hijos míos”.
Mi papá no me refirió el resultado del juicio pero ¿saben? Yo le creo al señor este, tanto como le creo al Vasco Aguirre. ¿Saben por qué? Porque a mí me pasó lo mismo.
Cursaba yo el difícil año de preprimaria en el bucólico colegio donde estudié casi 10 años, en un bonito salón al mando de mi respetada Miss Janet. Mesas y sillitas de madera pintadas con esmalte azul (Antes que se determinara que expelía partículas de plomo) y un organito que funcionaba con fuelles de pedales, para las rondas infantiles, enmarcaban el recinto. Al fondo del salón había una larga banca pegada a la pared. A mí me gustaba sentarme allí porque la banca era alta y podía balancear los pies hacia adelante y atrás, como si estuviera en un columpio. En eso estaba un buen día, columpiando con fuerza mis pies, cuando uno de los zapatos heredados de mis hermanos mayores y todavía muy grandes para mí salió disparado (¡Chin!) en perfecta trayectoria parabólica para pegar justo en la cara de la maestra (¡Zaz!). Nadie, excepto yo, supo cómo salió el zapato disparado. Mi admirada Miss Janet salió corriendo echa un mar de lágrimas, y yo quedé aturdido del shock.
La versión oficial –evidentemente- fue que un niño de preprimaria le aventó un zapatazo en la cara a su propia maestra. Creo que en su momento causó más revuelo que el zapatazo a Bush que le dio aquel reportero iraquí.

¿Se imaginan ustedes?, ¿Qué hubiera pasado si este reportero hubiera argüido que estaba columpiando plácidamente sus pies en la banca del fondo de la sala de prensa aburrido por las babosadas del presidente americano, y que como eran zapatos heredados de su hermano mayor, muerto en la guerra le quedaban grandes y que.. ¡chín! Salió despedido y ¡Zaz! Para su mala fortuna fue a aterrizar en la cara del mandatario?
Obvio... nadie le creyó. Fue refundido en la prisión de Abú Grahib y sentenciado a tres años por zapatazo doloso.
Bueno, pues 40 años antes, a mí tampoco nadie me creyó. Creo haber sido el primer caso documentado en el país de un alumno de preprimaria llevado a la oficina del director general de la escuela acusado de agredir violenta y dolosamente a su propia maestra. (Dicen que el corrido de Pancho López, chiquito pero matón, fue inspirando en esta gesta) Mi santa madre debió estar hecha otro mar de lágrimas; y a pesar que referí mi versión –la verdadera versión- primero con tranquilidad, luego con inquietud y luego con desesperación, nadie me creyó. Me cambiaron de escuela; me llevaron a consultas y diagnósticos de educación especial; y me hicieron tantos estudios malintencionados que nadie detectó mi evidente dislexia y ahora tengo una letra horrible.
Miss Janet... si está leyendo esto ahora, por favor créame; fue un accidente. Yo la respetaba mucho y hasta estaba secretamente enamorado de usted, ¿Cómo podría querer haberle hecho daño?
Nadie me creyó. Por eso yo le creo ahora al caco del costal, y le creo también al Vasco Aguirre.
(Dedicado a Carlos Alexnder AKA El Santo)
viernes 10 de julio de 2009
lunes 6 de julio de 2009
sábado 27 de junio de 2009
El día de la marmota


Pero una tormenta de nieve les impide volver ese día; y se ven obligados a pernoctar otra vez en el hotel del pueblo. Phil muere de aburrimiento y se acuesta temprano para despertarse y salir cuanto antes.
Pero he aquí que el destino le tiene preparada una canija treta: a la mañana siguiente, Phil se despierta en el día anterior. Así de sencillo: te acuestas el lunes, y en vez de amanecer el martes, amaneces otra vez el lunes. Es el mismo día, pasan las mismas cosas, y solo tú te das cuenta que el día está repetido. Nadie más. Incrédulo, Phil actúa como si le estuviera ocurriendo un loquísimo “deja vú”, pero al dormirse y despertar una vez más, se da cuenta con horror que otra vez volvió a amanecer en el mismo día.
Y así ocurre al día siguiente.. y al siguiente.. y al siguiente. Phil se encuentra atrapado en la jornada más anodina de su vida; y solo él lo percibe: Trata de decírselo a sus amigos y ellos lo toman por loco. Por más que hace e intenta, no deja de amanecer en el día anterior.
En lo que parecen ser decenas, o hasta cientos de jornadas repetidas, Phil pasa por diversas aproximaciones a su estrambótica condena similar al suplicio de Sísifo: intenta negarlo; se aprovecha de ello, trata de distraerse, pide auxilio; se divierte a costa de los demás; roba un camión de valores, conquista chicas, comete crímenes y busca hasta el suicidio. Nada le funciona: al día siguiente siempre amanece en la misma cama del hotel; con la misma canción en su radio despertador.
Poco a poco, Phil se da cuenta de que hay sólo una cosa que puede hacer ante esta increíble pesadilla: Si nada cambia a su alrededor, él es el único que puede cambiar. No puede por ejemplo evitar que muera una anciana indigente todas las noches, por más que él le ayude y reconforte; pero sí puede comenzar a tomar clases de piano: Para la maestra siempre es la primera vez, pero Phil avanza día con día en el dominio del instrumento que siempre quiso saber tocar. Igualmente aprende a hablar francés y esculpir en hielo, entre otras monerías.
Pero el reto que comienza a ocupar la voluntad de nuestro infortunado meteorólogo es Rita. A diferencia de sus muchas novias, Rita es inteligente, madura y sensible. Es evidente que al principio nuestro galán le resulta vomitivo (la escena en donde él devora un gran trozo de pastel de un bocado es notable), por lo que el reto de enamorarla en un solo día será mayúsculo. Pero es ella quien le da la pista a Phil sobre el camino a seguir: si antes era cínico y egoísta, ahora deberá ser amable, sensible y respetuoso. A través de infinidad de intentos de prueba y error, Phil aprende a convivir con la gente, conocer sus necesidades, y ser amable. En una palabra: tiene que ganarse a todo el pueblo para poder ganarse a Rita.
El final -ya se lo imaginarán- es cuando nuestro amigo logra por fin la perfección y conquista el amor que mucho tiempo antes (o un día, depende del punto de vista) se antojaba imposible; lo cual deviene en su propia liberación.Espero no haberles sebado el misterio de una película. En realidad “El día de la marmota” no es particularmente buena; pero a mí me causó una impresión que perdura. Qué pasaría si a nosotros, un buen día; o más bien un mal día ¿nos pasa lo mismo? ¿Tener que vivir una y otra vez la misma jornada? Un día cualquiera; un día aburrido. Un día como muchos en nuestra vida, ¿totalmente prescindible? Contar con la oportunidad infinita para ensayar una y mil veces nuestras actitudes, nuestras reacciones, y la forma en que influimos en los demás. ¿En cuantas ocasiones no hemos sentido la necesidad de volver a vivir un día determinado, para hacerlo mejor, para evitar cometer nuestros grandes errores? ¿Qué día te gustaría repetir una y otra vez hasta que salga perfecto?
(2)
También hay “días de la marmota” agradables, esperados: puntos nodales en la línea del tiempo de nuestra vida, que de alguna manera marcan el ritmo del paso de los años. Aunque son ocasiones repetitivas en buena medida, no me molestan. Hoy tuve mi desayuno semestral con los ex condiscípulos de la universidad, y me sentí muy bien. Llegamos, platicamos de lo mismo, nos revisamos las calvas y las barrigas, comentamos el acontecer cotidiano y vemos reflejadas nuestras opiniones en las de los demás; presumimos de operaciones abdominales o niveles de colesterol; hablamos de los hijos y tomamos nota de las últimas novedades de la palomilla: mudanzas, enfermedades, divorcios, alumbramientos, decesos.
El hombre –se dice- es animal de costumbres. Le gusta tener ritos, según le explicó la zorra al Principito. Los ritos son necesarios. Los ritos hacen que un día no se parezca a otro día, y que una hora sea diferente a otra. Los “días de la marmota” son un rito que precisamente por repetitivos nos permiten apreciar las diferencias, las evoluciones o las involuciones. La repetición de las costumbres nos permite discriminar si hemos avanzado, o retrocedido.Uriel, Ric y yo nos dimos nuestra dosis de nostalgia semestral. No duró más de dos horas y fue muy agradable. Espero a la próxima ver a Gis, Laura, Toño, Pedro, Lucía, Mauricio, Héctor, Bertha y todos los demás, para celebrar nuestro rito, nuestro propio “Día de la marmota”.
martes 2 de junio de 2009
El beso de la sirena negra
Mi querida costurera se fue a Madrid. Tal cual la canción de Agustín Lara, se hizo emperatriz de Lavapiés ella solita; se fue de antro por los vericuetos de los barrios céntricos durante toda la noche, y se paseó por la Gran Vía. Una vez salía de una tienda y se encontró con un extraño tipo calvito, que tenía aire de extraterrestre. Él la saludó; se tomó una foto con ella y le firmó un libro. Se trataba de Jesús Ferrero, exitoso poeta y novelista vasco que presentaba su primera novela negra (a juzgar por el color de la portada). Ella empacó el libro en su maleta y me lo trajo.













