jueves 4 de febrero de 2010

Ciudad Juárez: Lloremos a nuestros chavitos.

Una de las funciones más básicas del ser humano es la conservación de la vida. Es por ello que la muerte siempre representa un shock. A diferencia de lo que cacarean comentaristas y reporteros flojos, el mexicano sí le tiene miedo a la muerte; y le tiene un miedo cerval. Es por ello que ante cuaquier muerte, los mexicanos, en tanto que seres humanos vulnerables, buscamos justificar esa angustia que nos causa saber que ya no está el que antes estaba. "Se lo llevó Diosito"... "Ya había vivido todo lo que pudo vivir".. "Era un angelito demasiado bueno para este mundo..."

Cuanto menos morible resulta el muerto, más angustia o disonancia cognoscitiva nos causa: nos abruma mucho más la muerte de un niño que la de un viejito; nos angustia más el deceso de un bibliotecario que el de un piloto de pruebas. Nos causa más incomodidad saber de la muerte de un joven testigo inocente, que la de un maduro criminal armado.

La mejor forma de disipar esa angustia es sin duda a través de la descarga emocional. Especialistas aconsejan como parte del llamado duelo, que los deudos expresen su tristeza, su furia, su dolor por la ausencia del ser querido. Así lo hacen las familias, las viudas, los huérfanos.

A poco de recibir la noticia del deceso, un deudo reacciona a veces de manera irracional: risa histérica, actuación ilógica, y a veces la negación a través del silencio o de la ignorancia. Sólo cuando el deudo comienza a expresar emocionalmente el dolor de su pérdida, el proceso de duelo puede seguir, para llegar eventualmente a una cierta normalidad, que la tradición católica llama estúpidamente "resignación".

Pero ¿qué pasa con la sociedad mexicana? de entre nuestras muchas carencias, los mexicanos como grupo social somos muy poco capaces de descargar como colectividad estas presiones emocionales. Supongo nos gana lo machos.

Como a cualquier grupo humano nos sobrecoge, nos aterra, nos enfurece saber de la muerte de 15 chavitos inocentes que pudieron haber sido masacrados en cualquier casa de cualquier suburbio de cualquier ciudad del País.


La primera reacción de la sociedad representada por sus líderes de opinión fue la misma que la descrita para los deudos directos: la irracionalidad. Atribuir de inmediato la desgracia a la acción o inacción de las autoridades; atribuirlo al hecho de haber realizado la fiesta; a los horarios de los bares, a las amistades con que se juntaban. Querer creer que todos eran pandilleros; tachar al presidente y a todos los niveles de gobierno de asesinos, cuando nada de eso podría explicar por que dentro de todas las abominaciones de la raza se presenta un grupo de sub-humanos a disparar armas contra chavitos de la edad de los hijos de muchos de nosotros.

La triste y cruda realidad es que lo que mató a esos chavitos fueron las balas que salieron de las armas automáticas que dispararon varias personas. Y eso es difícilmente aceptable: queremos tener una explicación racional, cuando no la hay.

Han pasado varios días desde la desgracia de Ciudad Juárez, y no hemos sabido como sociedad aliviar la presión emocional. Las actitudes irracionales continúan. Se sigue tachando al presidente de asesino; no reconocemos que resulta evidente que si llegamos al punto en que un desgraciado dé la orden de disparar a chavitos a todas luces inocentes, y otros cinco o seis igualmente desgraciados la cumplan; algo tiene que estarnos pasando como sociedad; y no sólo es la acción o inacción del gobierno los causantes de la desgracia.

La irracionalidad se extiende. El gobierno federal se apresura a afirmar que la matanza se debió a "ajuste de cuentas entre bandas rivales". Las grandes televisoras nacionales ignoran en las primeras horas el hecho, dándo más énfasis a asuntos menos graves. Los reporteros locales callan por lo que ellos entienden por miedo. Los familiares de los muertos afirman a gritos al gobernador de Chihuahua que el único sospechoso capturado no puede ser culpable por que no se le encontraron armas; en las redes sociales se exige que el presidente cambie su residencia a esa fatídica colonia de Ciudad Juárez (Y de paso envíe a sus hijos a la Guardería ABC de Sonora). Reporteros preguntan a los diputados federales si van a donar parte de su sueldo a los deudos de la masacre. La policía ministrerial chihuahuense asalta los domicilios de los vecinos y se lleva a los jóvenes testigos sobrevivientes en calidad de "levantados" a declarar. En la ciudad de Saltillo, después de hechos parecidos aunque afortunadamente menos trágicos, se registra ausentismo del 60 o 70% en las escuelas al otro día.

Un herradero. ¿Por qué sucede esto?... Por que no podemos asimilar (y difícilmente podremos) que 15 chavitos de la edad de nuestros hijos mueran sin más causa que haber estado en el lugar y el tiempo de su infortunio.

Todos intervenimos en esta sinrazón, en esta reacción ilógica que procede del estupor, de la incredulidad, de la tristeza, de la furia de enfrentarnos con la muerte estúpida, la muerte injusta, la muerte impensable.

Deberá encontrarse y castigarse a los culpables, que los hay. Deberá confortarse y retribuirse a los deudos; que lo exigen. Deberemos trabajar como sociedad y gobierno para garantizar que nunca más vuelva a repetirse esta desgracia. Se los debemos a los chavitos muertos; nos lo debemos a nosotros, se lo debemos a nuestros hijos.

Pero no podemos acometer esas tareas si antes no lloramos, si no descargamos nuestra tristeza, nuestra furia. En este tema somos casi analfabetas. Pasan los días y los días y seguimos sin pasar de la etapa de la irracionalidad, haciendo estupideces, diciendo cada vez más tonterías, negando los hechos, acumulando cada vez más odio entre nosotros mismos.

Debemos aprender a llorar como sociedad. Los anglosajones tienen dos términos para los cuales no hay traducción directa al español, y que nos pueden ilustrar: "Grieve" y "Moan". El primero tiene algo que ver con el concepto de duelo, pero es un verbo, es como llorar, añorar, extrañar al que se fue. El segundo es la expresión física de lo primero; algo así como gemir, quejarse, algo que sale muy profundo de nuestras entrañas.

Llorar a nuestros muertos, cuando nuestros muertos duelen mucho, no es algo que nos puedan enseñar ni los políticos, ni los periodistas, ni los curas, ni mucho menos los autonombrados analistas. Es más bien cosa de mamás, de hijos, de escritores, de cantantes y de otros artistas. Prefiero un poema cortito a un reportaje de dos horas sobre la tragedia; tal vez una canción represente más lo que siento que un discurso presidencial en cadena nacional.

Lloremos pues, a nuestros chavitos, que ya luego habrá tiempo de vengarlos, y de garantizar a su memoria que esto no volverá a suceder.



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domingo 17 de enero de 2010

Se me acabó el gel



Hoy por la mañana noté que mi bote de gel ya se está acabando. Como diario me peino con este producto y soy del tipo ahorrativo (marro, dice mi esposa) de algún tiempo para acá adquiero este fijador de cabello en su presentación de un litro y de marcas libres. Me cuesta más caro un litro de jugo de arándano, que un litro de gel para el cabello.

Hoy –decía- noté que el bote se termina. Lo interesante de este descubrimiento (si es que puede haber algo de interesante en escribir sobre esto) es que me puse a pensar a dónde diablos se había ido tanto gel. A mi cabello, desde luego. De allí, a lo largo del día, pues a la atmósfera, en forma de humedad, que es el componente mayoritario en este producto. Las partes sólidas van depositándose imperceptiblemente como caspa química en la ropa, en el piso, en la calle mientras caminamos, como un sutil y casi romántico recuerdo de nuestro paso por la vida. Sólo el stress; el amor apasionado o los piojos aceleran este proceso. El resto termina en la almohada o en el regazo del amado o amada, y los residuos en el drenaje de la regadera. Discreto ciclo de vida de un pariente pobre del perfume.

lunes 14 de diciembre de 2009

Hay Juanito, no te rajes!


De

viernes 6 de noviembre de 2009

Vigilancia del pasado: La redención de Cristóbal Colón


Con motivo del día de la raza (Octubre 12) Comencé a leer la novela titulada  “La redención de Cristóbal Colón”.  El nombrecito no pintaba para mucho, y menos aún sabiendo que su autor es un mormón practicante. Pero sabiendo también que el nombre del autor es Orson Scott Card (La saga de Ender), me lancé a su lectura sin red de seguridad. La primera parte del libro me costó un poquito, como cuesta arriba. La segunda fue un deslizamiento vertiginoso a grado tal que en los últimos capítulos dejé irresponsablemente de hacer cualquier cosa que debiera hacer en ese momento para terminar.

Imagínense ustedes que tienen una máquina para ver el pasado. Como poner una cámara en cualquier lugar y época, y observar el monitor. Mucho se podría aprender de este artilugio, tan es así que en una sociedad del futuro post holocausto instituyeron una instancia multinacional para operar estos equipos y aprender. “Vigilancia del pasado” (PastWatch) había nacido.  Con sucursales en todo el mundo, los vigilantes del pasado se avocan a estudios que mucho tienen de históricos, pero también de filosóficos y políticos.

Con el pasar de los años una serie de eventos hacen confluir los intereses del grupo de vigilantes africano, interesado en comprender la esclavitud y sus consecuencias; un famoso musulmán asiático que ya antes había demostrado la existencia de Noé, -con todo y diluvio-, y un prometedor pero poco ortodoxo mexicano de origen maya interesado en estudiar las culturas precolombinas. Poco a poco este grupo se integra y concentra su atención en la vida y obra de una persona que, como Noé, llevó a la humanidad de un antes a un después: Cristóbal Colón.  ¿Qué llevó a Colón a tener la fijación de navegar al poniente para encontrar el oriente? ¿Por qué pasó años y años en las cortes de Portugal y España para pedir el favor de los reyes?


Según lo que este equipo pudo averiguar, es que inicialmente Colón quería organizar una cruzada para liberar Jerusalén y Constantinopla del Turco, pero una aparición le hizo cambiar de meta. Una serie de voces lo convenció de dirigir su atención a navegar a las indias por el atlántico para llevar a millones de indígenas la palabra de Dios.  Pero Colón no estaba escuchando a la santísima trinidad, sino a una grabación bastante chafa dejada allí por otro equipo de vigilantes del pasado.

¿Quién engañó así a Colón? ¿Se trataba de personas de un futuro ya inexistente? ¿Por qué cambiar la historia de esa manera? ¿Qué hubiera sucedido si Colón no se hubiera interesado en navegar por el poniente? Pues esto y más averiguaron el equipo de investigadores, así como la necesidad imperiosa de volver a intervenir; aunque esto significase la desaparición instantánea del presente tal cual lo conocían y en suma, de todo lo conocido.
¿Lo harían?

martes 8 de septiembre de 2009

¡¡Y que no me aplico!!

Ayer me enteré de la estrepitosa pero divertidísima caída del reportero David Cuéllar de TV Azteca por un tuit de la @Plaqueta, a quien sigo en su blog desde hace tiempo (Mi chava nomás hace: "mmpff") y efectivamente se le ocurrió preguntar a ver quien se echaba la obligadísima edición del Gato Tecladista. Como yo tenía  lo necesario para hacerlo toda vez que ya había realizado la versión del Canaca  (de poco éxito) y la de Elba Esther Gordillo (de muchísimo éxito) pues exprimí los tiempos cansados para hacer la edición respectiva:

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Quedó chistosito, nada del otro mundo;. pero todo el mérito se lo llevan desde luego Fatso el Gato tecladista, y el ahora famoso reportero David Cuéllar.  Lo interesante del asunto, es que mientras editaba yo esta versión, no menos de 2 o 3 personas más estaban haciendo lo mismo!.. desconozco cuántos a raíz de la sugerencia de @Plaqueta, o cuántos de motu proprio.  Es interesante ser parte de estos fenómenos, y agradezco a la @plaqueta su link.

lunes 17 de agosto de 2009

Space Operas

Este sub género de la CF podría traducirse algo así como “Opereta espacial” o "Telenovelas del espacio"... y consiste en apariencia en relatos generalmente seriados con una mezcla de todo lo divertido: Aventuras, Amor, Guerras, Intrigas, más amor, y más aventuras. Podría considerarse un género "ligero" y de hecho lo fue durante casi todo el siglo pasado, hasta que apareció Lois McMaster Bujold.

Hay mucho sobre ella y su obra, lo pueden buscar por allí, así que aquí solo platicaré de lo que me han parecido sus novelas. A esta señora gringa de mediana edad, con cara de que no rompe un plato, le pasó lo mismo que a JK Rowling, divorciada y sin dinero, decidió escribir un libro. Nomás que a diferencia de la autora de Harry Potter, Lois si escribe bien, y tiene en su mente una increíble capacidad de imaginar mundos alternos con más detalle que el realm incluyendo razas, religiones, y dinastías. La saga de Miles Vorkosigan me ha transportado a las aventuras más intensas, vívidas y rocambolescas que haya yo leído desde que dejé a Emilio Salgari.

Miles Vorkosigan es un tipo contrahecho, muy chaparro, jorobado y débil. Un mal de nacimiento lo dejó casi inválido, y ya más mayorcito le aparecieron también unos ataques epilépticos que lo inutilizan en cualquier momento sin previo aviso.

¿Por qué un pequeñajo tan escuálido y ridículo es el protagonista de la única saga de 19 libros que me he soplado de pé a pa? ¿Que tiene Miles vorkósigan y el imperio de Barrayar que tenga uno leer libro tras otro sin parar?

Inteligencia, desde luego. Miles no solo es brillante, sino imaginativo, intenso hasta la locura, romántico y tímido; agresivo, impulsivo y generoso. Pero es el gran talento táctico y su audacia lo que hace que Miles Vorkosigan resuelva los diferentes desafíos. Alrededor de miles se teje un universo de planetas, reinos, colonias, amigos, enemigos, y muchas guerras.

Dentro del "nexo de agujero de gusano" una serie de comunidades planetarias viven, intrigan, se asocian, se pelean y se destruyen. Al interior y alrededor del reino de Barrayar al que pertenece Miles, se desarrolla tambien una serie de atentados, misterios, golpes de estado, romances, asesinatos y traiciones. La profundidad, complejidad y solidez de este personaje se apuntala con una amplia serie de personajes colaterales que en ocasiones son tan o más interesantes que Miles, y protagonizan sus propias historias. Sus padres, sus novias, sus amigos, y sus enemigos. Cada persona es admirablemente confeccionada en su descripción física, intelecto, filias y fobias. Cualquiera de estos libros podría ser llevado fácilmente al cine toda vez que la autora es pródiga en descripciones físicas, geográficas y psicológicas. Podría pensarse también que una saga de 19 libros tenderá a la larga a ser repetitiva, sin embargo no es así: En casi cada novela se plantea un problema nuevo, entorno nuevo, personajes nuevos.

Podemos leer en alguna al extraño Ethan Urquart proveniente del planeta Athos donde solo viven hombres, perderse en la inmensidad de la estación espacial Kline, para conocer a la bella comandante Elli Quinn con quien vive extrañas aventuras ( “Ethan de Athos”); en “Fronteras del infinito” Lois nos regala tres relatos excelentes que se desarrollan en lugares y momentos distintos.

Al terminar de leer todas las novelas de la saga, por fin tenemos un retrato del complejísimo ser de Miles Vorkosigan, de sus amigos y su familia; aunque cada elemento descubierto nos presenta dos intrigas pendientes. Y todo esto es producto de la mente genial de la señora Lois, que tiene cara de que no rompe un plato.

Yo conocí la saga cuando compré casi por azar un libro en el Samborns (Fronteras del infinito) que leí al principio con extrañeza, luego con interés, y al final con fruición. Corrí a las librerías a buscar más libros de la autora, pero como suele suceder, de una buena saga de Ciencia Ficción solo hay uno dos títulos. Afortunadamente se pueden encontrar todos los libros en línea.

Aunque se pueden leer de cualquier forma, la secuencia ideal es la cronológica, pero vale la pena observar que los libros no fueron escritos en ese orden:

  • 1.3 Fragmentos de honor
  • 1.4 Barrayar
  • 1.5 El aprendiz de guerrero
  • 1.6 Las montañas de la aflicción
  • 1.7 El juego de los Vor
  • 1.8 Cetaganda
  • 1.9 Ethan de Athos
  • 1.10 Laberinto
  • 1.11 Las fronteras del infinito (novela corta)
  • 1.12 Hermanos de armas
  • 1.13 Fronteras del infinito (libro)
  • 1.14 Danza de espejos
  • 1.15 Recuerdos
  • 1.16 Komarr
  • 1.17 Una campaña civil

Si les gustan las aventuras espaciales, las intrigas, los romances y un muy especial y agrio sentido del humor, y quieren pasar horas y horas de solaz entretenimiento, déjense conquistar por la señora McMaster Bujold. Sólo les advierto que una vez atrapados, no hay salida.

domingo 12 de julio de 2009

Yo sí le creo al Vasco Aguirre

En un hecho bochornoso para al futbol nacional –¿uno más?- la última última esperanza para que nuestra sufrida selección calificara para el mundial, es decir su enésimo director técnico, el Vasco Javier Aguirre, no solo entregó un hórrido empate con el “poderosísimo” equipo de Panamá, sino que dentro de su desesperación le aplicó un increíble patín al morenazo Philips cuando éste discutía un balón por la banda cercana a la banca del técnico. Hagan ustedes de cuenta que era un enfrentamiento entre el borrego Torrado y un último hombre a las puertas del área. La patada no solo detuvo al jugador, sino que lo dobló en dos y le sacó el aire. Como dicen los clásicos, el pie fue a la bola, pero la del tobillo, antes de aplastar el abdomen e interesar tejido blando y vísceras. Todo el equipo panameño se avalanzó sobres del sorprendido técnico, quien fue defendido por sus asistentes. El Árbitro no dudó en sacar la tarjeta roja y al Vasco ya mero le sacan el mole.

Afortunadamente el partido terminó poco después, pero las imágenes, tomadas por cámara Phantom y reproducidas en 3D con las avanzadas tecnologías del duopolio televisivo solo podían concluir en una cosa: la artera entrada no solo era de roja, sino de cárcel.

Durante días se discutió el asunto. Altos jerarcas de la FIFA se reunieron para determinar una sanción ejemplar, que a la postre resultó en tres partidos de suspensión, y 25,000 dólares de multa. A muchos les pareció un castigo blando, y a algunos justo; pero el Vasco siempre insistió en su inocencia.

Javier Aguirre contó que desesperado por el complicado resultado del partido vio que la pelota saldría por la banda y apurado por ganarle segundos al cronómetro quiso atajarla con el pié (¡Chin!), con la mala fortuna de no haber visto al negro de dos metros que estaba justo atrás (¡Zaz!).

Yo sí le creo al Vasco Aguirre.

De alguna forma yo siempre he sido defensor de las causas desesperadas, y esto me viene de familia. Cuando mi finado padre terminó sus estudios de derecho tuvo que realizar algún tipo de prácticas en los ministerios públicos. Él me contó que uno de sus primeros casos fue la defensa de un fascineroso, casi indigente, acusado de robo. El acta ministerial no podía ser más contundente: el caco había sido sorprendido al salir de una vivienda cargado con tremendo costalón conteniendo bienes robados de la misma.

Después de hablar con su defendido, mi papá conoció la otra versión: el sujeto le refirió que después de haberse tomado unos alipuses en cantina cercana, se dirigía a su casa cuando el cansancio de la jornada y obnubilación etílica lo obligaron a tomar un breve descanso y se aproximó a la banqueta para fumar un cigarrillo. Al recargarse para buscar apoyo, no se dio cuenta que no se había puesto en una barda, sino justo en una puerta la cual, para su infortunio, se encontraba sólo emparejada. Su peso y el alcohol ocasionaron que la puerta se abriera de golpe, precipitando su caída (¡Chin!).

Al interior del cuarto todo estaba obscuro, y nuestro defendido todavía confuso por la sorpresa no dio pie con bola (Apúntele Vasco). El dice que asustado y desesperado por salir de allí, intentó agarrarse de lo que fuera con tan mala fortuna que jaló primero unas cobijas de la cercana cama, y luego diferentes artículos que de roperos y estantes comenzaron a caer. El estruendo causado solo aumentó su susto y confusión y exacerbó sus intentos desesperados para salir de ahí, manoteando por doquier, y tirando en consecuencia más y más cosas y enredándose más en las cobijas.

Como pudo alcanzó a distinguir la luz de la entrada, y enredado en un sinfín de sarapes y cacharros alcanzó la puerta, solo para encontrarse con los gendarmes que ya lo esperaban (¡Zaz!). Al ser prendido, el shock causado por tan sorpresiva experiencia le dificultó el habla, por lo que aquellas frases de “Suéltenme, hijos de la ch…” no fueron correctamente escuchadas, ya que lo que él quiso decir fue “Gracias por salvarme, hijos míos”.

Mi papá no me refirió el resultado del juicio pero ¿saben? Yo le creo al señor este, tanto como le creo al Vasco Aguirre. ¿Saben por qué? Porque a mí me pasó lo mismo.

Cursaba yo el difícil año de preprimaria en el bucólico colegio donde estudié casi 10 años, en un bonito salón al mando de mi respetada Miss Janet. Mesas y sillitas de madera pintadas con esmalte azul (Antes que se determinara que expelía partículas de plomo) y un organito que funcionaba con fuelles de pedales, para las rondas infantiles, enmarcaban el recinto. Al fondo del salón había una larga banca pegada a la pared. A mí me gustaba sentarme allí porque la banca era alta y podía balancear los pies hacia adelante y atrás, como si estuviera en un columpio. En eso estaba un buen día, columpiando con fuerza mis pies, cuando uno de los zapatos heredados de mis hermanos mayores y todavía muy grandes para mí salió disparado (¡Chin!) en perfecta trayectoria parabólica para pegar justo en la cara de la maestra (¡Zaz!). Nadie, excepto yo, supo cómo salió el zapato disparado. Mi admirada Miss Janet salió corriendo echa un mar de lágrimas, y yo quedé aturdido del shock.

La versión oficial –evidentemente- fue que un niño de preprimaria le aventó un zapatazo en la cara a su propia maestra. Creo que en su momento causó más revuelo que el zapatazo a Bush que le dio aquel reportero iraquí.

¿Se imaginan ustedes?, ¿Qué hubiera pasado si este reportero hubiera argüido que estaba columpiando plácidamente sus pies en la banca del fondo de la sala de prensa aburrido por las babosadas del presidente americano, y que como eran zapatos heredados de su hermano mayor, muerto en la guerra le quedaban grandes y que.. ¡chín! Salió despedido y ¡Zaz! Para su mala fortuna fue a aterrizar en la cara del mandatario?

Obvio... nadie le creyó. Fue refundido en la prisión de Abú Grahib y sentenciado a tres años por zapatazo doloso.

Bueno, pues 40 años antes, a mí tampoco nadie me creyó. Creo haber sido el primer caso documentado en el país de un alumno de preprimaria llevado a la oficina del director general de la escuela acusado de agredir violenta y dolosamente a su propia maestra. (Dicen que el corrido de Pancho López, chiquito pero matón, fue inspirando en esta gesta) Mi santa madre debió estar hecha otro mar de lágrimas; y a pesar que referí mi versión –la verdadera versión- primero con tranquilidad, luego con inquietud y luego con desesperación, nadie me creyó. Me cambiaron de escuela; me llevaron a consultas y diagnósticos de educación especial; y me hicieron tantos estudios malintencionados que nadie detectó mi evidente dislexia y ahora tengo una letra horrible.

Miss Janet... si está leyendo esto ahora, por favor créame; fue un accidente. Yo la respetaba mucho y hasta estaba secretamente enamorado de usted, ¿Cómo podría querer haberle hecho daño?

Nadie me creyó. Por eso yo le creo ahora al caco del costal, y le creo también al Vasco Aguirre.

(Dedicado a Carlos Alexnder AKA El Santo)

viernes 10 de julio de 2009

Distracciones

Posters motivacionales

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lunes 6 de julio de 2009

El nuevo coordinador parlamentario del PRI

(el de la izquierda)

Nueva integración de la cámara de diputados

"Cuando se despertó, Beatriz Paredes todavía estaba allí."

sábado 27 de junio de 2009

El día de la marmota

(1)

Groundhog Day (en español El día de la Marmota), conocida en España como “Atrapado en el tiempo” y en Hispanoamérica como “Hechizo del tiempo” o a veces también como El día de la Marmota es una comedia romántica dirigida por Harold Ramis y estrenada en 1993. (Wiki) Bill Murray y Andie MacDowell protagonizan esta comedia fantástica, en la cual el cínico y sangrón meteorólogo televisivo Phil Connors (Murray) debe cubrir un tradicional evento en el aburrido pueblo de Punxsutawney Pennsylvania (pronúncielo usted), donde una famosa marmota anuncia a la región si el invierno terminará tarde, o temprano.

Con una hueva infinita, Phil llega a la víspera acompañado de un camarógrafo y de su bonita redactora Rita (McDowell) para transmitir las imágenes y comentarios de todos los años temprano al día siguiente; y regresar a la ciudad lo más rápido posible.

Pero una tormenta de nieve les impide volver ese día; y se ven obligados a pernoctar otra vez en el hotel del pueblo. Phil muere de aburrimiento y se acuesta temprano para despertarse y salir cuanto antes.

Pero he aquí que el destino le tiene preparada una canija treta: a la mañana siguiente, Phil se despierta en el día anterior. Así de sencillo: te acuestas el lunes, y en vez de amanecer el martes, amaneces otra vez el lunes. Es el mismo día, pasan las mismas cosas, y solo tú te das cuenta que el día está repetido. Nadie más. Incrédulo, Phil actúa como si le estuviera ocurriendo un loquísimo “deja vú”, pero al dormirse y despertar una vez más, se da cuenta con horror que otra vez volvió a amanecer en el mismo día.

Y así ocurre al día siguiente.. y al siguiente.. y al siguiente. Phil se encuentra atrapado en la jornada más anodina de su vida; y solo él lo percibe: Trata de decírselo a sus amigos y ellos lo toman por loco. Por más que hace e intenta, no deja de amanecer en el día anterior.
En lo que parecen ser decenas, o hasta cientos de jornadas repetidas, Phil pasa por diversas aproximaciones a su estrambótica condena similar al suplicio de Sísifo: intenta negarlo; se aprovecha de ello, trata de distraerse, pide auxilio; se divierte a costa de los demás; roba un camión de valores, conquista chicas, comete crímenes y busca hasta el suicidio. Nada le funciona: al día siguiente siempre amanece en la misma cama del hotel; con la misma canción en su radio despertador.

Poco a poco, Phil se da cuenta de que hay sólo una cosa que puede hacer ante esta increíble pesadilla: Si nada cambia a su alrededor, él es el único que puede cambiar. No puede por ejemplo evitar que muera una anciana indigente todas las noches, por más que él le ayude y reconforte; pero sí puede comenzar a tomar clases de piano: Para la maestra siempre es la primera vez, pero Phil avanza día con día en el dominio del instrumento que siempre quiso saber tocar. Igualmente aprende a hablar francés y esculpir en hielo, entre otras monerías.

Pero el reto que comienza a ocupar la voluntad de nuestro infortunado meteorólogo es Rita. A diferencia de sus muchas novias, Rita es inteligente, madura y sensible. Es evidente que al principio nuestro galán le resulta vomitivo (la escena en donde él devora un gran trozo de pastel de un bocado es notable), por lo que el reto de enamorarla en un solo día será mayúsculo. Pero es ella quien le da la pista a Phil sobre el camino a seguir: si antes era cínico y egoísta, ahora deberá ser amable, sensible y respetuoso. A través de infinidad de intentos de prueba y error, Phil aprende a convivir con la gente, conocer sus necesidades, y ser amable. En una palabra: tiene que ganarse a todo el pueblo para poder ganarse a Rita.

El final -ya se lo imaginarán- es cuando nuestro amigo logra por fin la perfección y conquista el amor que mucho tiempo antes (o un día, depende del punto de vista) se antojaba imposible; lo cual deviene en su propia liberación.

Espero no haberles sebado el misterio de una película. En realidad “El día de la marmota” no es particularmente buena; pero a mí me causó una impresión que perdura. Qué pasaría si a nosotros, un buen día; o más bien un mal día ¿nos pasa lo mismo? ¿Tener que vivir una y otra vez la misma jornada? Un día cualquiera; un día aburrido. Un día como muchos en nuestra vida, ¿totalmente prescindible? Contar con la oportunidad infinita para ensayar una y mil veces nuestras actitudes, nuestras reacciones, y la forma en que influimos en los demás. ¿En cuantas ocasiones no hemos sentido la necesidad de volver a vivir un día determinado, para hacerlo mejor, para evitar cometer nuestros grandes errores? ¿Qué día te gustaría repetir una y otra vez hasta que salga perfecto?

(2)

“El día de la marmota” nos llega en cierta forma a todos nosotros. La fiesta de navidad con los abuelos; el cumpleaños anual de la tía Ripia en su casa de siempre, con la comida de siempre, con los invitados de siempre, con las pláticas de siempre; los chistes de siempre; las peleas de siempre. La reunión anual de ex alumnos donde la única diferencia de un año a otro es constatar el aumento del diámetro abdominal de unos y la disminución del pelo en otros; porque la plática es siempre la misma; compromisos que tenemos inmutables año tras año, y a los que atendemos más por cariño y por costumbre, que por interés. ¿Cuáles son tus propios días de la marmota?

También hay “días de la marmota” agradables, esperados: puntos nodales en la línea del tiempo de nuestra vida, que de alguna manera marcan el ritmo del paso de los años. Aunque son ocasiones repetitivas en buena medida, no me molestan. Hoy tuve mi desayuno semestral con los ex condiscípulos de la universidad, y me sentí muy bien. Llegamos, platicamos de lo mismo, nos revisamos las calvas y las barrigas, comentamos el acontecer cotidiano y vemos reflejadas nuestras opiniones en las de los demás; presumimos de operaciones abdominales o niveles de colesterol; hablamos de los hijos y tomamos nota de las últimas novedades de la palomilla: mudanzas, enfermedades, divorcios, alumbramientos, decesos.

El hombre –se dice- es animal de costumbres. Le gusta tener ritos, según le explicó la zorra al Principito. Los ritos son necesarios. Los ritos hacen que un día no se parezca a otro día, y que una hora sea diferente a otra. Los “días de la marmota” son un rito que precisamente por repetitivos nos permiten apreciar las diferencias, las evoluciones o las involuciones. La repetición de las costumbres nos permite discriminar si hemos avanzado, o retrocedido.

Uriel, Ric y yo nos dimos nuestra dosis de nostalgia semestral. No duró más de dos horas y fue muy agradable. Espero a la próxima ver a Gis, Laura, Toño, Pedro, Lucía, Mauricio, Héctor, Bertha y todos los demás, para celebrar nuestro rito, nuestro propio “Día de la marmota”.