jueves, 4 de febrero de 2010

Ciudad Juárez: Lloremos a nuestros chavitos.

Una de las funciones más básicas del ser humano es la conservación de la vida. Es por ello que la muerte siempre representa un shock. A diferencia de lo que cacarean comentaristas y reporteros flojos, el mexicano sí le tiene miedo a la muerte; y le tiene un miedo cerval. Es por ello que ante cuaquier muerte, los mexicanos, en tanto que seres humanos vulnerables, buscamos justificar esa angustia que nos causa saber que ya no está el que antes estaba. "Se lo llevó Diosito"... "Ya había vivido todo lo que pudo vivir".. "Era un angelito demasiado bueno para este mundo..."

Cuanto menos morible resulta el muerto, más angustia o disonancia cognoscitiva nos causa: nos abruma mucho más la muerte de un niño que la de un viejito; nos angustia más el deceso de un bibliotecario que el de un piloto de pruebas. Nos causa más incomodidad saber de la muerte de un joven testigo inocente, que la de un maduro criminal armado.

La mejor forma de disipar esa angustia es sin duda a través de la descarga emocional. Especialistas aconsejan como parte del llamado duelo, que los deudos expresen su tristeza, su furia, su dolor por la ausencia del ser querido. Así lo hacen las familias, las viudas, los huérfanos.

A poco de recibir la noticia del deceso, un deudo reacciona a veces de manera irracional: risa histérica, actuación ilógica, y a veces la negación a través del silencio o de la ignorancia. Sólo cuando el deudo comienza a expresar emocionalmente el dolor de su pérdida, el proceso de duelo puede seguir, para llegar eventualmente a una cierta normalidad, que la tradición católica llama estúpidamente "resignación".

Pero ¿qué pasa con la sociedad mexicana? de entre nuestras muchas carencias, los mexicanos como grupo social somos muy poco capaces de descargar como colectividad estas presiones emocionales. Supongo nos gana lo machos.

Como a cualquier grupo humano nos sobrecoge, nos aterra, nos enfurece saber de la muerte de 15 chavitos inocentes que pudieron haber sido masacrados en cualquier casa de cualquier suburbio de cualquier ciudad del País.


La primera reacción de la sociedad representada por sus líderes de opinión fue la misma que la descrita para los deudos directos: la irracionalidad. Atribuir de inmediato la desgracia a la acción o inacción de las autoridades; atribuirlo al hecho de haber realizado la fiesta; a los horarios de los bares, a las amistades con que se juntaban. Querer creer que todos eran pandilleros; tachar al presidente y a todos los niveles de gobierno de asesinos, cuando nada de eso podría explicar por que dentro de todas las abominaciones de la raza se presenta un grupo de sub-humanos a disparar armas contra chavitos de la edad de los hijos de muchos de nosotros.

La triste y cruda realidad es que lo que mató a esos chavitos fueron las balas que salieron de las armas automáticas que dispararon varias personas. Y eso es difícilmente aceptable: queremos tener una explicación racional, cuando no la hay.

Han pasado varios días desde la desgracia de Ciudad Juárez, y no hemos sabido como sociedad aliviar la presión emocional. Las actitudes irracionales continúan. Se sigue tachando al presidente de asesino; no reconocemos que resulta evidente que si llegamos al punto en que un desgraciado dé la orden de disparar a chavitos a todas luces inocentes, y otros cinco o seis igualmente desgraciados la cumplan; algo tiene que estarnos pasando como sociedad; y no sólo es la acción o inacción del gobierno los causantes de la desgracia.

La irracionalidad se extiende. El gobierno federal se apresura a afirmar que la matanza se debió a "ajuste de cuentas entre bandas rivales". Las grandes televisoras nacionales ignoran en las primeras horas el hecho, dándo más énfasis a asuntos menos graves. Los reporteros locales callan por lo que ellos entienden por miedo. Los familiares de los muertos afirman a gritos al gobernador de Chihuahua que el único sospechoso capturado no puede ser culpable por que no se le encontraron armas; en las redes sociales se exige que el presidente cambie su residencia a esa fatídica colonia de Ciudad Juárez (Y de paso envíe a sus hijos a la Guardería ABC de Sonora). Reporteros preguntan a los diputados federales si van a donar parte de su sueldo a los deudos de la masacre. La policía ministrerial chihuahuense asalta los domicilios de los vecinos y se lleva a los jóvenes testigos sobrevivientes en calidad de "levantados" a declarar. En la ciudad de Saltillo, después de hechos parecidos aunque afortunadamente menos trágicos, se registra ausentismo del 60 o 70% en las escuelas al otro día.

Un herradero. ¿Por qué sucede esto?... Por que no podemos asimilar (y difícilmente podremos) que 15 chavitos de la edad de nuestros hijos mueran sin más causa que haber estado en el lugar y el tiempo de su infortunio.

Todos intervenimos en esta sinrazón, en esta reacción ilógica que procede del estupor, de la incredulidad, de la tristeza, de la furia de enfrentarnos con la muerte estúpida, la muerte injusta, la muerte impensable.

Deberá encontrarse y castigarse a los culpables, que los hay. Deberá confortarse y retribuirse a los deudos; que lo exigen. Deberemos trabajar como sociedad y gobierno para garantizar que nunca más vuelva a repetirse esta desgracia. Se los debemos a los chavitos muertos; nos lo debemos a nosotros, se lo debemos a nuestros hijos.

Pero no podemos acometer esas tareas si antes no lloramos, si no descargamos nuestra tristeza, nuestra furia. En este tema somos casi analfabetas. Pasan los días y los días y seguimos sin pasar de la etapa de la irracionalidad, haciendo estupideces, diciendo cada vez más tonterías, negando los hechos, acumulando cada vez más odio entre nosotros mismos.

Debemos aprender a llorar como sociedad. Los anglosajones tienen dos términos para los cuales no hay traducción directa al español, y que nos pueden ilustrar: "Grieve" y "Moan". El primero tiene algo que ver con el concepto de duelo, pero es un verbo, es como llorar, añorar, extrañar al que se fue. El segundo es la expresión física de lo primero; algo así como gemir, quejarse, algo que sale muy profundo de nuestras entrañas.

Llorar a nuestros muertos, cuando nuestros muertos duelen mucho, no es algo que nos puedan enseñar ni los políticos, ni los periodistas, ni los curas, ni mucho menos los autonombrados analistas. Es más bien cosa de mamás, de hijos, de escritores, de cantantes y de otros artistas. Prefiero un poema cortito a un reportaje de dos horas sobre la tragedia; tal vez una canción represente más lo que siento que un discurso presidencial en cadena nacional.

Lloremos pues, a nuestros chavitos, que ya luego habrá tiempo de vengarlos, y de garantizar a su memoria que esto no volverá a suceder.



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