domingo, 17 de enero de 2010

Se me acabó el gel



Hoy por la mañana noté que mi bote de gel ya se está acabando. Como diario me peino con este producto y soy del tipo ahorrativo (marro, dice mi esposa) de algún tiempo para acá adquiero este fijador de cabello en su presentación de un litro y de marcas libres. Me cuesta más caro un litro de jugo de arándano, que un litro de gel para el cabello.

Hoy –decía- noté que el bote se termina. Lo interesante de este descubrimiento (si es que puede haber algo de interesante en escribir sobre esto) es que me puse a pensar a dónde diablos se había ido tanto gel. A mi cabello, desde luego. De allí, a lo largo del día, pues a la atmósfera, en forma de humedad, que es el componente mayoritario en este producto. Las partes sólidas van depositándose imperceptiblemente como caspa química en la ropa, en el piso, en la calle mientras caminamos, como un sutil y casi romántico recuerdo de nuestro paso por la vida. Sólo el stress; el amor apasionado o los piojos aceleran este proceso. El resto termina en la almohada o en el regazo del amado o amada, y los residuos en el drenaje de la regadera. Discreto ciclo de vida de un pariente pobre del perfume.

1 comentario:

Carlos Ortega dijo...

Que profundo (sin albur) anda usted...

Me recordó a aquella pieza ¿musical? de "Los Toreros Muertos"...si, aquella de "Mi agüita amarila"...

jajaja

Reciba usted un muy cordial saludo